... la Eucaristía, con Santa María y en Ella
Algo que sorprende e impacta cuando nos acercamos al sufrimiento de Isabel, cuando su enfermedad se hace más intensa, es que no hay una mínima queja; todo rebosa agradecimiento: “soy tu pequeña hostia, que se ofrece…”
Ha penetrado el significado de la Eucaristía y acepta el dolor que la convierte, como al Crucificado, en la máxima expresión de Alabanza del Padre; y a la luz del misterio pascual sabe que es glorificación y redención, don y entrega, en los que su vida y su muerte adquieren el mismo valor que las de su Esposo Jesús.
Es así que ser hostia es desaparecer ella para ser totalmente de la Trinidad, esconderse en su misterio y consumarse en el fuego de su amor. Por eso pide a sus sacerdotes que la “consagren en la Santa Misa como hostia de Alabanza a la Gloria de Dios”.
Y Santa María está ahí, “de pie junto a la cruz”. Es la Inmaculada que conoció de niña en Lourdes y la Reina del Carmelo que prolonga su “FIAT” hasta el Calvario, para que “el Poderoso consume sus obras grandes en Ella: co-redentora junto a su Hijo, hasta que todo esté cumplido”.
Así será para Isabel “janua coeli”, “puerta del cielo” que la introducirá en los atrios eternos… como la ha acompañado en el misterio de su contemplación “introduciéndola en Aquél en Quién Ella penetró tan profundamente” para que “su vida fuera una comunión continua y un simplicísimo impulso hacia Dios”.
Carmelitas Descalzas de Ourense

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