Centenario de Sor Isabel de la Trinidad  

Textos de las Carmelitas de Ourense
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Alabanza de Gloria

He aquí nuestra vocación y nuestro destino.

Toda criatura que ha recibido el ser, encuentra en sí misma el impulso para alabar a su Creador. Su tensión hacia el infinito. La sed insaciable del ciervo que busca la Fuente do mana la eterna dicha.

En Isabel, la conciencia de ser alabanza ocupará toda su vida; como principio de eternidad.

Cuando desde niña descubre que es “casa de Dios”, su vida espiritual se abre a un mundo nuevo: a ese cielo en la tierra donde la inhabitación de la Trinidad colmará todas sus ansias.

No necesita buscar fuera. Ha encontrado en sí misma el hondón de la filiación divina: ese “permaneced en mí”… o también: “Vendremos a él y haremos en él nuestra morada”.

Si en ella habita Dios ¿qué capacidad infinita no tiene el alma? Es allí donde ¡Dios contempla a Dios! A ese Dios en quien consiste la bienaventuranza eterna.

Isabel descubre en sí misma al Dios presente y vivo. “Es ahí donde Él me habla” –nos dirá.

Pero, pisemos tierra. No se llega de golpe a cima tan alta.

Este encuentro con el Dios-Amor; este sentirse habitada por la Trinidad, ha supuesto para ella crear un espacio interior para el encuentro. Espacio que se labra en el silencio y la soledad del alma; conquistando la unidad de todo el ser. Nos lo describe sabiamente: “Si mis deseos, mis temores, mis gozos o mis dolores, si todos los actos de estas cuatro pasiones no están perfectamente orientados hacia Dios, no seré un alma solitaria, habrá ruidos en mí”.

Es desde aquí como Isabel tiene el alma en las manos guardando toda su fortaleza para el Señor.

No la busquemos por otros caminos. Avanza hacia la Pascua eterna desde una fe conquistada en la tiniebla de la vida. La fe sencilla que refleja cuanto Él es y, asida a ella, vive su vocación de: “Alabanza de Gloria”.

Carmelitas Descalzas de Ourense

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