Su Espiritualidad
Nos pasa con Sor Isabel como con Jesús, nuestro
Maestro. Queremos el contacto directo, sin mediaciones. Leer el Evangelio, tal cual, es como una riada que anega el ser, mostrándonos horizontes infinitos, acomodados a nuestra existencia. Leer en directo a Isabel, es ir más allá de lo expresable. Meternos
en su misterio. Probadlo y me daréis la razón.
Yo no sabría definir su espiritualidad fuera de la Palabra
y de su Cristo. Fue un alma cristificada. Intérprete
luminosa de San Pablo. Sus escritos rezuman citas de la Escritura en tal abundancia, que bien podrían
formar un volumen aparte.
Sorprendida en el jardín del Monasterio como ajena a cuanto la rodeaba contestó con sencillez a la pregunta de sus hermanas: “Me he pasado al alma de mi Cristo. En ella me he colocado para vivir mi cuaresma”.
Todo un avance en el proceso de su espiritualidad que ya apuntaba en el día de su primera comunión, a los diez años, cuando comentaba con una amiga: “Ya no tengo hambre. Jesús me ha saciado” (lo decía por el ayuno obligatorio de entonces, desde la víspera).
“¡Nos hemos amado tanto!” –repetirá al final de su vida-. Y, como no pudiese comulgar, por la enfermedad, exclamó: “Lo encuentro en la cruz; ahí es donde me comunica la vida”. Así consumó su holocausto
la que soñó ser en la tierra una alabanza de gloria de la Santísima Trinidad. Así exprimió toda la sustancia para su gloria y por su Iglesia.
¡Oh bendita espiritualidad cargada de experiencia y Evangelio! Quién pudiera como ella terminar la existencia con los acordes seguros de su canto final: “Voy a la Luz, al Amor, a la Vida”
Carmelitas Descalzas de Ourense

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