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In memoriam
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El 15 de julio de 1563, los Padres del
Concilio de Trento promulgaban uno de los decretos más trascendentales
de toda la Asamblea conciliar. Se trataba del decreto Cum
adolescentium aetas, carta fundacional de los seminarios, que
rubrica un hito señero en la historia de la Iglesia Católica. Es a
partir de esta fecha histórica, cuando los prelados asumen la grave
obligación de instituir en sus diócesis los seminarios.
Sin embargo, su realización, en muchos
casos, distó de ser inmediata. Dificultades de toda índole, entre las
que no hay que olvidar la importancia de las económicas, retrasaron la
ejecución del precepto conciliar. Así sucedió respecto al Seminario
Conciliar de San Fernando de Ourense que, a pesar del celo pastoral y
los esfuerzos sumos de algunos de sus prelados, no se pudieron superar
las dificultades que, unidas a otras estrictamente locales, no habrían
de permitir la fundación del Seminario hasta más de dos siglos después
del decreto tridentino.
La oportunidad se le ofreció al obispo
Galindo Sanz (1764-1769) en 1767, al ordenar Carlos III por real
decreto de 27 de febrero la expulsión de los religiosos de la Compañía
de Jesús de todos los territorios de España y Ultramar. Esta fecha
infausta para una orden tan benemérita y española como es la Compañía
de Jesús vino a servir, por ironía del destino, de punto de arranque
para la fundación del nuevo Seminario Conciliar de San Fernando.
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I. Fundación y
Establecimiento del Seminario Conciliar de San Fernando
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Opera prima:
Nacimiento del Seminario y el Cardenal Quevedo
Para cada empresa la Providencia tiene
reservado un nombre. Por muy alta y sublime que aquélla fuera,
mientras el reloj de la Providencia no señala la hora, el esfuerzo de
los hombres será estéril. Tal sucedió con la fundación del Seminario
Auriense. Dos siglos de preparación. Obispos fervorosamente
partidarios de erigirlo y resueltos a hacerlo fracasaron en su
propósito. Al fin, en el reloj de Dios sonó la hora, y no faltó el
hombre capaz de realizar la empresa. Ese hombre fue el obispo Pedro de
Quevedo y Quintano (1776-1818), a quien se le puede considerar como el
Padre del Seminario Conciliar de San Fernando de Ourense.
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Retrato del cardenal Pedro de Quevedo y Quintano (1776-1818). De Jesús Soria (ca.
1905), copia de Vicente López. |
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El espíritu de entrega y sacrificio
mostrado por el obispo Quevedo, nos habla de la ilusión complaciente
puesta por quien quiso realizar con sus propias manos los primeros
retazos de una maravillosa obra de arte que consideraba como suya. La
restauración y arreglo del edificio de la Compañía de Jesús, la
designación del primer equipo de superiores y claustro de
catedráticos, la elección de los nuevos seminaristas, la dirección de
los primeros ejercicios espirituales, la elaboración de las
Constituciones y Plan de Estudios, son algunos de los aspectos que
habían de configurar y definir la incipiente vida de tan trascendente
e importante institución.
Lamentablemente, la alegría causada
por la referida fundación pronto se desvaneció con la llegada de los
franceses, quedando el Seminario reducido a cenizas. Capaces eran los
reveses e infortunios de una guerra de descorazonar el ánimo más
templado y resuelto de cualquiera, cuanto más de un anciano. Sin
embargo, sucedía al contrario con relación al señor Quevedo, puesto
que con la experiencia de los años y trabajos cobraba al parecer más
vigor y entusiasmo por todo lo que redundaba en gloria de Dios y bien
de su amada Iglesia de Ourense. Es así que no por ello se amilanó ni
disminuyó el brío del eminentísimo Quevedo, disponiéndose cuanto antes
a restaurar la empresa predilecta de su vida.
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Pincha en las siguientes fotos para verlas
ampliadas
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Detalle del Sermón
en la reinstalación del Seminario Conciliar de San Fernando, por
el canónigo Juan Manuel Bedoya. Orense, 20 de enero de 1818 |
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Portada del Libro
de las Constituciones y Plan de Estudios, 1805 |
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Portada del libro
Personal del Establecimiento desde su fundación, 1803 |
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Portada del Libro que contiene las
Entradas y Salidas de sus Alumnos, 1803 |

Portada del libro
Academia de Theologia, 1805 |
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Mutatis
mutandis: El obispo Dámaso Iglesias Lago, continuador de Quevedo
La verdadera amistad e incluso
admiración que siente el obispo Dámaso Iglesias Lago por la labor del
cardenal Quevedo, además de su experiencia precedente como catedrático
de Prima de Teología en el Seminario Auriense, resultan ser las
coordenadas claves que explican el modus vivendi de nuestro
prelado en la dirección de este centro, tanto en el ámbito espiritual
y comunitario, como en el intelectual, en el que ha de poner mayor
ahínco. De esta manera, a su buen hacer se debe la representación del
31 de mayo de 1819 por la que se informa al Consejo de Castilla de las
Constituciones y Plan de Estudios, ambos reglamentos elaborados por el
difunto Quevedo, que rigen la vida interna de la comunidad
seminarística. Su más alto logro es la incorporación de este centro de
estudios a la Universidad de Santiago, lo que ha supuesto un indudable
impulso de su actividad académica y un aumento de prestigio. También
aparece su apuesta firme y decidida por una serie de medidas que han
de regular el iter vocacional auriense. Prueba de ello es el
edicto elaborado por monseñor Iglesias Lago en el que presenta
pormenorizadamente las cualidades que deben hallarse en los candidatos
al sacerdocio, indicando no sólo las condiciones que se requieren para
su adecuada preparación intelectual, sino también las que se refieren
a su formación humana y espiritual.
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Edicto de becas del
obispo Dámaso Iglesias Lago, 1819
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